IA en educación 2026: lo que los datos revelan y los líderes educativos no pueden ignorar

La II Encuesta de Percepción Social de la Innovación Educativa de la Fundación COTEC —más de 7.000 encuestados, representación nacional, realizada en marzo de 2025— ofrece algo infrecuente en el debate educativo español: datos sólidos sobre lo que la sociedad realmente piensa, más allá del ruido mediático y las trincheras ideológicas.

He leído el informe con atención. Y mi lectura no es la de un analista de políticas públicas, sino la de alguien que opera en organizaciones educativas. Lo que me interesa no son tanto los porcentajes como lo que exigen de quienes lideramos instituciones, programas y equipos en este sector.

Estas son mis conclusiones.


El problema no es la tecnología. Es la confianza.

Uno de los hallazgos más llamativos del informe es la disociación creciente entre tecnología e innovación educativa. En 2023, un 77% de los encuestados creía que el uso de tecnología en la escuela había impulsado la innovación. En 2025, esa cifra ha bajado casi siete puntos. Al mismo tiempo, casi seis de cada diez personas afirman que es posible innovar sin tecnología.

Esto podría leerse como un retroceso. Yo lo leo de otra manera: la sociedad está madurando su comprensión de qué es innovar en educación. Y esa madurez debería ser un aviso para cualquier organización que haya construido su propuesta de valor sobre la ecuación simplista «más tecnología = mejor educación».

El informe también señala algo más incómodo: casi la mitad de la población cree que la innovación educativa está aumentando las desigualdades, y que ocurre principalmente en centros privados. No es un dato menor. Es un problema de legitimidad social que afecta a todo el ecosistema EdTech.

La pregunta que deberían hacerse los líderes del sector no es «¿cómo comunicamos mejor nuestra tecnología?» sino «¿estamos construyendo confianza, o solo visibilidad?»


El pesimismo social no es irracional. Y hay que tomárselo en serio.

Más del 53% de los encuestados cree que la escuela actual es peor que la de antes. Más del 57% considera que los estudiantes salen peor preparados. Estas percepciones son especialmente intensas en la franja de 35 a 55 años — es decir, en padres y madres con hijos en edad escolar, y en profesionales en activo.

Sería fácil —y cómodo— desestimar estos datos como nostalgia o como efecto del sesgo de confirmación. Pero hacerlo sería un error estratégico.

Las organizaciones educativas operan dentro de un contrato social implícito con las familias, los empleadores y la sociedad en su conjunto. Cuando la percepción generalizada es que el sistema no funciona, ese contrato se erosiona. Y cuando se erosiona, no solo caen las matrículas o los presupuestos públicos: cae también la disposición de las comunidades educativas a aceptar cambios, a confiar en los líderes y a comprometerse con proyectos de transformación.

Tres de cada cuatro españoles creen que es urgente transformar el sistema educativo. Eso es una ventana de oportunidad enorme. Pero la misma encuesta revela que una parte significativa de esa urgencia está impulsada por el deseo de volver a esquemas del pasado, no de avanzar hacia nuevos modelos. Confundir ambas demandas puede llevar a una organización a moverse con mucha energía en la dirección equivocada.


La paradoja del líder educativo ante la contradicción ciudadana

El informe documenta con rigor algo que cualquiera que haya estado en una reunión de claustro, en un consejo escolar o en una junta directiva de una institución educativa reconocerá al instante: las personas sostienen simultáneamente posiciones contradictorias sobre la educación.

Se valoran roles tradicionales de la escuela (transmitir conocimiento, disciplina, esfuerzo), pero al mismo tiempo se exige que la escuela forme ciudadanos, desarrolle habilidades sociales y prepare para un mercado laboral en transformación. Se pide más transformación, pero también más de lo que había antes. Se quiere innovación, pero sin tecnología. Se exige calidad, pero se desconfía de que la innovación sea el camino.

Esta no es una anomalía. Es la condición normal en la que operan los líderes educativos. Y gestionarla requiere algo más que buenas estrategias de comunicación o planes de innovación bien diseñados.

Requiere, en primer lugar, la capacidad de sostener la complejidad sin simplificarla artificialmente. Las organizaciones que construyen relatos binarios —»lo tradicional vs. lo innovador», «con tecnología vs. sin tecnología»— pierden capacidad de interlocución con una realidad mucho más matizada.

Requiere, en segundo lugar, escucha real. El informe muestra que la urgencia de transformación es mayor entre personas con mayor nivel educativo y mejor posición socioeconómica. Pero también que quienes tienen menor nivel educativo priorizan cosas muy distintas: la escuela pública, la equidad, la reducción del abandono. Un líder educativo que solo escucha a su entorno más próximo —que suele parecerse mucho a él— tiene una imagen distorsionada de lo que la sociedad le está pidiendo.


Lo que el informe le pide a quienes lideramos

Me quedo con tres implicaciones concretas para quienes dirigimos organizaciones en el ámbito educativo:

Redefinir el relato sobre innovación. Si la innovación educativa ha perdido legitimidad social es, en parte, porque se ha contado mal. Ha sido un relato demasiado técnico, demasiado asociado a la tecnología y demasiado desconectado de lo que las familias y la ciudadanía valoran. Hay que recuperar la narrativa de la innovación como respuesta a necesidades reales —reducir el fracaso escolar, garantizar la equidad, preparar para la vida— y no como fin en sí misma.

Incorporar la tensión entre transformación y confianza como variable de gestión. No se puede transformar una organización educativa sin contar con las comunidades que la habitan. El informe confirma lo que la práctica ya enseña: las innovaciones que funcionan son las que se comparten. Casi el 85% de los encuestados cree que para que una innovación educativa funcione tiene que ser asumida por toda la comunidad. Eso no es un obstáculo al cambio. Es la condición para que el cambio sea sostenible.

Tomarse en serio la dimensión social de la tecnología educativa. La preocupación sobre el impacto de la IA y la tecnología en el esfuerzo de los estudiantes no es irracional ni reaccionaria. Es una señal de que la sociedad está procesando, a su manera, una transformación profunda. Las organizaciones que lideren bien este momento serán las que sean capaces de acompañar ese proceso con honestidad: reconociendo las tensiones, formando con criterio pedagógico, y no simplemente desplegando herramientas.


La educación no cambia por decreto ni por tecnología. Cambia cuando los líderes que la dirigen son capaces de leer la realidad con más precisión que sus prejuicios. El informe de COTEC es, en ese sentido, un buen espejo. La pregunta es qué hacemos con lo que vemos.


Este artículo hace referencia a la II Encuesta de Percepción Social de la Innovación Educativa, elaborada por la Fundación COTEC en colaboración con 40dB (publicado en abril de 2026). El informe completo está disponible en cotec.es.